InicioSociedadEl pedazo de selva y desierto escondido en las sierras de Córdoba

El pedazo de selva y desierto escondido en las sierras de Córdoba

Hay lugares que descolocan al viajero, que lo hacen detenerse y preguntarse si realmente está donde cree estar. El Departamento Pocho, al oeste profundo de la provincia de Córdoba, es uno de esos sitios. En esta región poco transitada, donde la geografía parece trastocar el mapa provincial, conviven formaciones volcánicas, suelos áridos teñidos de rojo, salinas en altura y un insólito bosque de palmeras tropicales. Todo, en un mismo lugar.

A primera vista, uno podría pensar que ha llegado al norte de Chile, a algún rincón perdido del altiplano o incluso a un paisaje africano. Pero no: esto es Córdoba. Lejos del verdor serrano de Calamuchita o del turismo masivo de Punilla, Pocho ofrece un rostro desconocido, seco, salvaje y lleno de sorpresas.

Volcanes extinguidos en fila

En el centro de esta rareza geológica se encuentra el sistema volcánico de Pocho, una línea de cinco conos volcánicos extinguidos, alineados como una cadena ancestral: Poca (1.400 metros sobre el nivel del mar), Boroa, Véliz, Agua en la Cumbre y La Ciénaga, que con sus 1.600 metros es el pico más alto del conjunto.

Si bien no hay registros históricos de actividad eruptiva, las formas son tan perfectas que impactan a simple vista. Se ubican a unos 140 kilómetros al oeste de la ciudad de Córdoba, entre las localidades de Taninga y Salsacate, y se accede a ellos por la Ruta Provincial 28, que serpentea entre cerros áridos y termina fundiéndose con el paisaje riojano.

El más icónico es el llamado Volcán de Pocho, un cono perfecto y aislado, rodeado de tierra rojiza, pastizales secos y un silencio espeso. A su alrededor, geoformas modeladas por la erosión recuerdan esculturas abstractas: cuchillas rocosas, planicies agrietadas, elevaciones de punta aguda, y cañadas que parecen haber sido labradas por el fuego y el viento.

Salinas elevadas como espejos del cielo

Pero el desconcierto no termina con los volcanes. A pocos kilómetros, el suelo cambia bruscamente de textura y color. El blanco irrumpe en forma de salinas altas, como la Salina de Pocho, que brilla con fuerza bajo el sol, formando espejos fragmentados en altura.

A diferencia de las salinas planas del norte provincial, estas aparecen sobre terreno elevado, rodeadas de sierras secas, y le dan al paisaje un carácter casi lunar. Caminarlas es como moverse dentro de una pintura surrealista, donde el cielo y la tierra se espejan sin que uno sepa bien cuál es cuál.

Un bosque de palmeras en medio del desierto

Y por si todo eso fuera poco, justo cuando el cuerpo se acostumbra al polvo, aparece un bosque. Pero no un monte chaqueño, ni un algarrobal: un bosque de palmeras Caranday. Altas, elegantes, de tronco fino y copa circular, estas palmeras crecen solas en una región sin selvas ni ríos cercanos.

Es un oasis vegetal completamente fuera de lugar, que desconcierta tanto como maravilla. Su existencia se debe a una combinación muy particular de condiciones climáticas, humedad subterránea y suelos fértiles en sectores puntuales. Muchos cordobeses ni siquiera saben que en su provincia crecen palmeras de forma natural.

Un rincón intacto, ajeno al turismo

Este fragmento de selva, desierto y sal, perdido entre las sierras del oeste, no figura en los folletos turísticos tradicionales. No hay pasarelas, ni paradores, ni tiendas de souvenirs. Tampoco hay multitudes. Lo que hay es espacio, viento, misterio, y una Córdoba distinta: más cruda, más antigua, más silenciosa.

Los habitantes de Pocho, dispersos en parajes como Las Palmas, Chancaní o La Higuera, conservan una relación íntima con la tierra, el ganado y las estaciones. En esta región olvidada por las rutas turísticas masivas, la vida sigue otro ritmo. Los pueblos son pequeños, muchas veces deshabitados, y en el aire todavía flotan leyendas, como la de cerros que guardan fuego o huellas de criaturas gigantes, pasadas de boca en boca por generaciones.

Hoy, esa región espera ser descubierta, no como un destino de consumo rápido, sino como una experiencia de asombro geográfico, una cápsula de tiempo y espacio que desafía todo lo que se asocia tradicionalmente con Córdoba.

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