Cuando en la niñez empecé a leer libros, uno de los primeros fue Robin Hood. Lo devoré. Tenía nueve o diez años. Casi al mismo tiempo vi en el cine Las Aventuras de Robin Hood (1938), dirigida por Michael Curtiz. con Errol Flynn (1909-1959) como Robin, en technicolor, en una época aún escasa en filmes de color. Disfruté esa película tanto como lo haría más tarde con Los tres mosqueteros, dirigida por George Sidney, con Gene Kelly, Lana Turner y June Allison. Pero faltaba Flynn, un hombre de una simpatía arrolladora y de una cara mucho más moderna y hermosa que la de sus colegas.
En la vida real, Errol era un aventurero como los que encarnaba en Hollywood. Las mujeres se le tiraban encima. Y si no lo hacían, era él quien se arrojaba sobre ellas. Vivía tomando alcohol y drogas. Todo lo solucionaba con su célebre sonrisa, su encanto, y también sus puños. Uno de sus mejores films fue Gentleman Jim, El caballero audaz, a las órdenes de Raoul Walsh, en la que encarnaba al púgil James J. Corbett, el primer boxeador en ganar el título mundial bajo las reglas de Queensberry (Wikipedia dixit). Es una de sus mejores películas.
Flynn era un hombre muy ágil, sus piernas le habían permitido trabajar sin dobles, ser un buen esgrimista y en el ring boxeaba con una elegancia envidiable, a pesar del alcohol, las drogas y los excesos, particularmente sexuales. Le gustaban las mujeres, en especial las muy jóvenes. Eso sí era un problema. Las adolescentes, menores de edad, sucumbían a su apostura. Dos de ellas lo acusaron de haberlas violado. No eran cándidas doncellas, tenían un pasado turbulento, pero no era ese pasado lo que se discutía. Las muchachas se contradijeron y el jurado, integrado por nueve amas de casa y dos hombres, absolvió a Flynn.
Así como había un lado oscuro en la personalidad de Flynn, también existía la luz. En 1936, había protagonizado La carga de la brigada ligera, dirigida por Michael Curtis. La película se basaba en un hecho real la batalla de Balaclava (25 de octubre de 1845), uno de los episodios más trágicos de la guerra de Crimea, en la que lucharon el Reino Unido y Francia contra la Rusia de los zares. Nicolas I quería apoderarse de la península, que pertenecía al imperio otomano en decadencia y desintegración. En ese combate, hubo fallas en la comunicación de las fuerzas británicas. se dio una orden que fue malentendida. Quienes estaban al mando de la caballería interpretaron que debían cargar de frente contra la artillería rusa: lo que era un suicidio bélico. Murieron 600 hombres. Fue una tragedia y un escándalo.
El poeta Lord Tennyson escribió un bello poema cuyo título era precisamente La carga de la brigada ligera. Cuando en 1936, se rodó un film homónimo en el que trabajaba Flynn, el director Michael Curtis les avisó a los actores-soldados de la carga –Errol no estaba en esa escena entre ellos– que debían estar muy alertas. Mientras los caballos galopaban hacia la artillería, detrás de cámara levantarían sogas tendidas en tierra para que los animales tropezaran y fueran cayendo con sus jinetes. Los seres humanos salieron ilesos. Nunca se supo con precisión cuántos caballos murieron. Los números según las versiones iban de 25 a 50. El campo de batalla era un cementerio equino. Cuando Errol Flynn, gran jinete, vio ese horror estalló de indignación y habría de recurrir a la justicia y a los funcionarios para que el desprecio por la vida animal cesara. A partir de esa protesta, se empezaría a poner límites a la desaprensión por las vidas no humanas. Gracias a Flynn y otros, hoy en cine y televisión se aclara que los animales no han recibido ningún daño durante el rodaje o grabación. Por esa demanda de respeto y piedad por los seres vivos de cualquier especie, Errol mostró su calidad humana. Hubo una brisa de santidad en su reacción.
Errol Flynn, una brisa de santidad
Errol Flynn, defensor de los animales
Errol Flynn, una brisa de ¿santidad?