El 29 de agosto de 2005, el huracán ‘Katrina’ tocaba tierra en Luisiana con categoría 3 y vientos de más de 200 kilómetros por hora. El ciclón anegó Nueva Orleans y dejó casi 1.400 víctimas mortales. La imagen de una ciudad hundida bajo el agua se convirtió en un símbolo de la vulnerabilidad humana frente a los fenómenos meteorológicos extremos. Desde entonces, se han declarado otras tormentas devastadoras. Pero dos décadas después, ¿han aumentado este tipo de huracanes? ¿Son más violentos ahora que hace 20 años?
La respuesta de la comunidad científica es matizada. No hay evidencia de que hoy se formen más ciclones tropicales que hace 20 o 30 años, pero sí de que los que llegan a desarrollarse son más violentos. «La tendencia no es que haya más huracanes, sino que son más intensos y más destructivos«, subraya Mar Gómez, física y meteoróloga en declaraciones a EL PERIÓDICO.
El cambio climático ha modificado la dinámica de estos gigantes atmosféricos. El calentamiento anómalo de los océanos aporta combustible adicional para que las tormentas crezcan con rapidez: «Estamos viendo que pasan de tormenta tropical o de categoría 1 a categoría 5 en muy poco tiempo, a veces en apenas 24 horas«. «Esto era muy poco habitual hace dos décadas», señala Gómez. Esa intensificación explosiva complica la preparación en las zonas costeras, que a menudo disponen de pocas horas para evacuar a la población.
Calentamiento del agua
Este cambio se explica por un proceso físico conocido, pero que se acentúa con cada décima de grado de aumento de temperatura global. «Va vinculado al calentamiento anómalo de las aguas del mar, lo que provoca más evaporación y más disponibilidad de humedad en el ambiente», indica la meteoróloga. Ese exceso de energía y vapor de agua alimenta las bandas nubosas y las bajas presiones, y acaba traduciéndose en sistemas tropicales más poderosos, con precipitaciones torrenciales y vientos más huracanados.
El panorama para las próximas décadas, según los expertos, es claro: no se esperan necesariamente más huracanes, pero sí que aumenten en categoría e intensidad. «Debemos estar preparados para unos fenómenos más agresivos y devastadores«, advierte Gómez. Esa tendencia no solo afecta a los ciclones tropicales, sino también a otros episodios meteorológicos extremos, desde olas de calor hasta lluvias torrenciales fuera de los trópicos.
Frente a este escenario, la ciencia meteorológica también ha dado un salto en 20 años. Los sistemas de predicción en 2005 estaban lejos de la capacidad actual. «Hoy contamos con modelos avanzados, supercomputación y una red de observación más precisa», sostiene la meteoróloga. La mejora en la resolución permite calcular con más exactitud tanto la trayectoria como la probabilidad de impacto en áreas concretas. «Podemos predecir en un área reducida, algo que antes era impensable», añade.
Otras catástrofes
Esa capacidad de anticipación, sin embargo, no reduce por sí sola la vulnerabilidad. ‘Katrina’ dejó en evidencia los fallos de infraestructuras críticas y de la gestión de emergencias en un país desarrollado. Desde entonces, la inversión en diques y sistemas de alerta ha aumentado, pero la magnitud de los retos climáticos sigue creciendo. En 2017, el huracán ‘Harvey’ descargó lluvias históricas en Texas. En 2019, ‘Dorian’ arrasó Bahamas. Y en 2022, ‘Ian’ provocó más de 150 muertos en Florida.
Veinte años después, ‘Katrina’ sigue siendo un punto de referencia a la hora de analizar las tormentas huracanadas. Sin embargo, a día de hoy, pese a los avances en preparación y las mejoras tecnológicas en cuanto a predicción, el cambio climático sigue amenazando con consecuencias más devastadoras cuando se declaran este tipo de fenómenos.
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