“Salazar y Franco sabían que no sobrevivirían si uno de las dos caía, por eso se ayudaron entre ellos. Durante esas décadas de dictadura [1932-1968 y 1936-1975] no hubo choques diplomáticos y, cuando los dos países conquistaron la democracia y entraron, en 1986, en lo que hoy es la Unión Europea, las buenas relaciones se consolidaron”, explica Juan Carlos Jiménez Redondo, catedrático de Historia del Pensamiento y Movimientos Sociales de la Universidad CEU San Pablo de Madrid. Redondo ha escrito una decena de libros sobre la historia de ambos países.
Pero casi nunca la relación bilateral fue tan plácida como estas últimas décadas, señala Diego Palacios Cerezales, profesor de la Universidad Complutense de Madrid y uno de los más consagrados lusistas en estos momentos. Durante siglos, España y Portugal estuvieron batallando. Atrapados en una geografía difícil como la Península Ibérica, vivieron de espaldas y, cuando tuvieron que aliarse, lo hicieron con potencias enfrentadas entre sí: los portugueses, con los ingleses; los españoles, con los franceses. “Solo estuvieron bajo la misma Corona, la de Felipe II, 60 años, entre 1580 y 1640”, apunta. El último choque militar fue en 1808, cuando España permitió el paso de las tropas francesas para invadir Portugal (se suponía que en compensación se quedaría una parte del territorio luso), pero era una petición ‘fake’ de Napoleón, que lo que quería realmente era dominar toda la península. Desde aquella última guerra se han sumado 218 años de paz en la frontera, con la pequeña excepción de Olivenza (Badajoz), que los portugueses reclaman, sin estridencias, porque formó parte de su país entre 1297 y 1801.
“Ahora saben que no va a haber una invasión militar, pero sí que algunos tienen miedo al abrazo del oso por el lado económico”, cuenta un diplomático bregado en Lisboa
El próximo miércoles, el rey Felipe VI y el presidente de Portugal, Marcelo Rebelo de Sousa (Partido Social Demócrata, PSD, equivalente al PP en España) podrán celebrar juntos la buena sintonía en el corazón de Europa. Ambos leerán sendos discursos en un pleno solemne en el Parlamento de Estrasburgo para conmemorar que este 1 de enero hizo 40 años que los dos países ingresaron en las Comunidades Europeas.
Sintonía personal
El Monarca y Rebelo de Sousa son muy buenos amigos. La conexión llegó enseguida, desde que tomó posesión del cargo de presidente de Portugal, en 2016. Aunque este será probablemente el último acto que puedan compartir como jefes de Estado tras diez años en los que se han encontrado en una veintena de actos internacionales, además de los encuentros que han organizado de manera privada: el domingo se celebra la primera vuelta de las elecciones presidenciales a las que no se puede presentar el político conservador, porque ya ha cumplido 10 años en el cargo.
“¿Por qué no hay un AVE entre Lisboa y Madrid todavía? Porque Portugal no quiere. Es un marco de prevención política importante”, afirma el catedrático Jiménez Redondo
Para Palacios Cerezales, el mandatario portugués es un político de “consenso” al que realmente le habría gustado más una transición como la española, “con menos estridencias” y sin “los meses radicales” que llegaron tras la Revolución de los Claveles. Según Palacios Cerezales, aunque ningún dirigente actual hace campaña contra España y la integración europea facilitó el entendimiento entre los dos países, considera que sigue habiendo muchos “recelos” hacia los españoles por la relación, “muy asimétrica”, en términos económicos.
Relación económica desigual
El informe de la secretaría de Estado de Comercio sobre Portugal señala que España es su primer cliente y suministrador, mientras que para España el país vecino ocupa el tercer lugar como cliente y el séptimo como suministrador. “Ahora saben que no va a haber una invasión militar desde el otro lado de la Raya, de la frontera, pero sí que algunos tienen miedo al abrazo del oso por el lado económico”, cuenta un diplomático bregado en Lisboa que prefiere no dar su nombre.
“¿Por qué no hay un AVE entre Lisboa y Madrid todavía? Porque Portugal no quiere una conexión directa y rápida con la ciudad española. Es un marco de prevención política importante y se debe a resabios históricos”, afirma el catedrático Jiménez Redondo. En su opinión, “no se han aprovechado las relaciones con toda su intensidad”. En los últimos años cuesta encontrar alguna iniciativa que ambos países hayan defendido juntos en Bruselas. Solo el llamado ‘mecanismo ibérico’, en 2022, tras la invasión de Ucrania por Rusia, para contener de forma temporal el alza de los precios de la luz.
Para el portugués Manuel Loff, historiador, profesor de la Universidad de Oporto y político durante seis meses (fue diputado independiente en la Coalición Democrática Unitaria, equivalente a Sumar en España), es una lástima que salvo casos muy concretos los dos países no hayan sabido “crearse un perfil autónomo y nítido en la política internacional para operar como potencias regionales de la Europa del sur”. En el caso de Portugal, analiza, no es resultado de un “sentimiento nacionalista” sino de que se “siente mejor protegido por algún grande de la Unión Europea y por EEUU”.
En todo caso para Loff, las suspicacias hacia España empezaron a ser residuales a partir de mediados de los 90. Aquellos años los medios de comunicación ponían el foco en los pocos disensos que había y mostraban preocupación por la “sobredimensión de la inversión española”. A partir de entonces, añade, “ni la sociedad ni la clase política” expresan ya ningún sentimiento antiespañol.
Estos días, Loff está pendiente de las elecciones. Los sondeos señalan que el candidato de Chega, partido hermano de Vox, pasará a la segunda vuelta. “Si los partidos de la derecha clásica normalizan a la ultraderecha, gobernando en coalición, se deconstruye el rechazo social que en las sociedades democráticas había hacia la ultraderecha por sus ideales racistas, xenófobos, autoritarios y con un discurso de odio que crea enemigos internos promoviendo una visión de la sociedad en continuo enfrentamiento”, explica. “En España, el PP ha hecho ese cambio todavía de una forma más rápida que sus homólogos en otros países europeos. Al normalizar la ultraderecha el PP abre los vasos comunicantes para que sus votos acaben en Vox”, continúa. “Es la lección que he aprendido después de estudiar el contexto en muchos países”, concluye el historiador portugués.
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