La Gran Riada que el 29 de octubre de 2024 provocó la muerte de 230 personas, dejó 800.000 damnificados y desató una crisis política y social sin precedentes en la Comunidad Valenciana no tiene nada que ver con el accidente ferroviario de Adamuz (Córdoba), donde el descarrilamiento de un tren AVE de la compañía Iryo y su choque con un Alvia de Renfe que se cruzaba en ese instante ha dejado por el momento un balance de 45 fallecidos y una gran conmoción ciudadana. Sin embargo, hay lecciones de la primera tragedia que se deberían aplicar en esta segunda. Algunas, ya se están siguiendo. Otras no.
1. Dice el periodista Jesús Civera que con los años me he vuelto lírico. No sé si hay muchos políticos que compartan su opinión, pero sólo por darle la razón recurriré a Alejandro Sanz para recordar que “lo más peligroso que tiene la vida es vivirla”. El riesgo cero no existe. En transporte, menos. Los coches se estrellan, los barcos se hunden, los aviones se caen y los trenes se salen de las vías. De la misma manera que periódicamente hay lluvias torrenciales que rompen cualquier cálculo previamente establecido. La cuestión es que cuando eso pasa, hay que revisar minuciosamente si los controles previos han funcionado como debían. Y si son suficientes. Y si el sistema de Emergencias que debe activarse cuando ocurre se desplegó con la agilidad necesaria. Y si está bien coordinado. Las responsabilidades personales son importantes y deben establecerse y sancionarse si las hay. Pero para la seguridad de las personas lo fundamental es la revisión exhaustiva de los mecanismos. En la DANA, sabemos quién falló. Pero más de un año después, no se ha tomado ni una sola medida respecto a “lo que falló”. Con Adamuz no debe ocurrir lo mismo.
2. Hay que evitar la confusión y la “guerra de relatos”. De momento, se está haciendo. El ministro Puente se equivocó el primer día al decir que había algo “extraño” en el accidente. Pero ha corregido. El presidente andaluz, Juanma Moreno, ha mantenido el tipo sin caer de momento en la tentación de enredar la tragedia entre acusaciones políticas, a pesar de que tiene unas elecciones a las puertas. No entrar en el fango de las acusaciones cruzadas, que sólo beneficia a los extremistas, no significa, como muy bien ha dicho Moreno, renunciar a pedir responsabilidades. Cuando toque. Tras el primer error ya señalado, Puente también está siendo inteligente al agilizar la entrega de la información de la que dispone casi en tiempo real: el primer informe de la comisión que investiga el accidente se ha conocido en días, cuando en la catástrofe de Angrois, por ejemplo, tardamos meses en saber algo. Moncloa, por el contrario, sigue con su empeño de enmarañarlo todo a base de filtraciones, igual que Ayuso en el suyo de comportarse como si fuera la dueña de España. Esto último, en la DANA les ha ido a todos fatal, al PSOE y al PP, más allá de las continuas mentiras del expresident Mazón y su equipo.
3. Devolver la confianza es básico. Ningún valenciano se siente seguro hoy en cuanto el cielo se encapota, precisamente por lo mal que se gestionó la catástrofe. El enfrentamiento entre administraciones sólo provoca inseguridad en el sistema. Justo lo que nutre a los antisistema. Desgastar al rival es intrínseco al juego político. Pero erosionar el sistema es sencillamente suicida. Sánchez y Feijóo deberían tener claro por una vez que vencer al adversario no puede ser a base de esparcir el miedo.
4. Hay que dejar los mitos a un lado. Los valencianos éramos los que más sabíamos de gotas frías del mundo. Pero cuando llegó la hora, quienes estaban al frente no supieron actuar y las infraestructuras se demostraron insuficientes. No dejamos de alardear de que España es el segundo país del mundo con más kilómetros de alta velocidad ferroviaria, sólo después de China. Pero allí (aparte de que si hay descarrilamientos sólo nos enteramos si algún servicio secreto decide filtrarlo) los trenes circulan sobre plataformas de hormigón, más caras pero más seguras, mientras que aquí las vías siguen asentadas sobre balastros de piedras. El ministro Puente llegó a anunciar que los trenes marcharían a 350 kilómetros por hora muy poco antes de que la realidad le obligara a rebajar la velocidad de los principales a 160 o menos. Tenemos sistemas de control, de las vías y de los trenes, muy depurados. Pero la pregunta urgente es si a estas alturas, con la multiplicación de compañías y trayectos, son suficientes o hay que aumentarlos. Me temo que Adamuz demuestra que no son bastantes.
Dana en Valencia / Fernando Bustamante
5. Después de la DANA, un alcalde me dijo: “En los primeros momentos de una catástrofe, los alcaldes siempre estamos solos”. Adamuz también ha sido ejemplo de esto. Hace tiempo que es evidente la necesidad de revisar la gobernanza de este país en el caso de las emergencias. ¿Quién estaba al frente en Adamuz? ¿La Junta? ¿El Gobierno? ¿En quién recaía el mando único? Que no estén claras las respuestas cada vez que ocurre un suceso grave es la mejor prueba del déficit que padecemos en este aspecto. Lo cierto es que unos vagones cargados de cadáveres estuvieron a todos los efectos “perdidos”, sin que nadie supiera de su existencia, durante un lapso de tiempo injustificable. Y que el centro de control aún iba buscando hablar con el maquinista del Alvia cuando este ya había fallecido. Resulta un sarcasmo que el sistema de seguridad más antiguo en los trenes para alertar al control de que algo ocurre se llame “conductor muerto”.
6. Ya se ha escrito que la transparencia y la rapidez en la información es básica. Pero en la DANA se ha demostrado la importancia de que el aparato judicial funcione bien. Si no fuera por la juez de Catarroja, a estas alturas sabríamos la mitad de la mitad de lo que ocurrió el fatídico 29O. Es importante recordarlo en este accidente. La lentitud y farragosidad judicial en el siniestro ferroviario de Angrois fue lamentable. El Poder Judicial tiene la obligación de estar atento ahora y proporcionar a la juez que lleva este accidente todos los medios de apoyo necesario, más cuando las primeras señales que la magistrada ha transmitido indirectamente son, efectivamente, las de que necesita ayuda.
7. La cuestión judicial puede embrollarse por el hecho de que haya protagonistas distintos en este suceso y, por tanto, se vea venir una guerra entre aseguradoras. Antes Renfe y Adif eran una sola cosa. En este accidente tenemos de un lado a Adif, de la que dependen las vías, a Renfe, propietaria del Alvia al que se le viene encima el otro tren, y a Iryo, empresa del AVE que descarrila con él, más los respectivos fabricantes. El ministro, en los primeros momentos, ha disparado contra (casi) todo: un fallo en la soldadura, un problema en la fabricación de los propios trenes. Urge que Óscar Puente sea el primero que se centre.
8. La presidenta de Madrid, Ayuso, ya tiene culpable: Sánchez. Y Feijóo está cayendo torpemente en ese juego: “El estado de las vías refleja el estado de España”. Olé. ¿No le importa a Feijóo la imagen que transmite del país al que aspira a gobernar? ¿El daño reputacional que desahogos así causan? Pues es otra lección de la DANA: tratar de imponer el relato antes que preocuparse por las víctimas, en primer lugar, y por las soluciones, de inmediato, sólo le lleva a que Vox crezca y el PP dependa cada vez más de su extremo. Lo mismo vale para Puente. Pero Puente no va a ser presidente.
9. El suceso de Ademuz se produjo en un tramo recto, donde las tensiones que soportan los convoyes son menores. Los dos trenes llevaban tracción en todos los vagones (cosa singular siendo uno de ellos un Alvia). Eso les proporciona mayor estabilidad frente a los que, como muchos de ustedes habrán visto, funcionan con dos máquinas, una delante tractora y una detrás que “empuja”, estando los vagones expuestos a mayores presiones. La vía era, en términos ferroviarios”, “nueva” y había sido recientemente revisada. Eso hace que este accidente tenga más trascendencia que otros y exija una mayor investigación para determinar, no sólo dónde estuvo el fallo, sino si los actuales sistemas están capacitados para detectarlo a tiempo.
10. Rodarán cabezas. En las cúpulas. Lo que no sabemos es hasta dónde llegará la degollina. Pero es inevitable. No se trata de asunción de culpabilidad personal (que aún no sabemos si la hay o no), sino de responsabilidad política porque hay cosas que han fallado. Aunque sin punto de comparación alguno, es la última lección que la DANA le puede dejar a la tragedia de Adamuz. En la Comunidad Valenciana ha habido que soportar la vergüenza de que el funeral de Estado tardara un año en celebrarse. En el caso de Adamuz ya tiene fecha. Pero un funeral de Estado implica siempre que el Estado reconoce que tiene alguna responsabilidad, por activa o por pasiva, en lo ocurrido. Y esa factura hay que pagársela a la sociedad. Cuanto más se tarde, peor.
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