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Infancia, castigo y ausencia

Durante los años del gobierno militar, el traslado de menores a la cárcel de Olmos fue justificado por el Estado como una cuestión de espacio en los institutos especializados. Pocos cuestionaban la ética de encerrar niños. Una de las excepciones fue Matilde Kirilovsky de Creimer, presidenta de la Comisión de Minoridad del Colegio de Abogados de La Plata.

Matilde llevó el caso a la Justicia y propuso una alternativa insólita para la época: si no había lugar en los institutos, los menores podrían ser alojados en la casa del gobernador, desocupada. Su acción de amparo prosperó. Mostró que la falta de recursos nunca justifica la vulneración de derechos, y que la Justicia puede interpelar al poder aun en los contextos más difíciles.

Matilde no actuó solo desde el derecho. Fue también una notable poeta, conocida como Matilde Alba Swann, y sus versos iluminan lo que la ley no alcanza: la dimensión ética y emocional de la infancia. En “Mañana es siempre”, escribió: “…Un niño triste me llama,/ sin nombrarme.” Y en la “Balada del juguete manso” celebraba el juego como forma de crecimiento y aprendizaje: “Dame una pala, rastrillo, semilla, arado…/ Quiero que quiera mi niño jugar a ser buen labriego./ Dame un sueño de campiña dorada y sol, juguetero…!/ Dame una fragua, martillo, yunque, canción, chispa, fuego…/ Quiero que quiera mi niño jugar a ser fuerte herrero./ Quiero que quiera mi niño ser simplemente pequeño…/ Dame un sueño de encendida, reída, edad, juguetero…!”.

Cada verso recuerda que la infancia no es un problema a corregir, sino un espacio que debe ser cultivado: juego, trabajo, aprendizaje y libertad son las herramientas para formar seres humanos completos. Cada vez que se propone bajar la edad de responsabilidad penal, se repite un patrón: el Estado aparece para castigar lo que no supo acompañar.

Antes de preguntarse a qué edad un niño debe responder penalmente, habría que preguntarse a qué edad el Estado dejó de educarlo y protegerlo. Jardines y escuelas insuficientes, docentes sobrecargados, barrios sin espacios culturales ni deportivos, ausencia de referentes adultos: la lista de ausencias es larga.

A eso se suma la fragilidad del compromiso privado y comunitario. Las intervenciones de empresas, fundaciones o clubes suelen ser episódicas y superficiales. Cuando los niños irrumpen en el espacio público de manera conflictiva, se los señala como amenaza. El castigo se convierte en la respuesta visible, pero es apenas la consecuencia de décadas de descuido.

No hay Código Penal que reemplace educación, cultura, deporte, salud emocional o acompañamiento constante. Castigar sin atender estas causas es un grave error: obrar sobre las consecuencias ignorando las causas.

El legado de Matilde Kirilovsky de Creimer invita a invertir la mirada: no cuándo empezar a castigar, sino cuándo decidimos cuidar, educar y reconocer a los niños como sujetos de derechos. Mientras esa pregunta siga sin respuesta, cualquier proyecto de endurecimiento penal será apenas un gesto de dureza que encubre una profunda debilidad ética y social.

Expresidente del Colegio de Abogados de La Plata

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