En la temporada del verano en la cartelera teatral de la ciudad de Córdoba, tuvimos el privilegio de disfrutar de la obra “La Ballena” dirigida por Ricky Pashkus, con las actuaciones de artistas de primer nivel de la escena nacional.
Julio Chávez y Laura Oliva protagonizaron esta pieza teatral de origen estadounidense que nació como una obra de teatro en la dramaturgia de Samuel D. Hunter; y que obtuvo gran reconocimiento al ser llevada al cine, bajo la dirección de Darren Aronofsky. El film obtuvo el Óscar por Mejor Actor por Brendan Fraser.
El elenco de la obra que se presentó en Córdoba, se completó con Máximo Meyer, Manuela Yantorno y Roxana Berco, en roles impecables con una seriedad y responsabilidad que la historia se merece.
En el ingreso del renovado Teatro Municipal Comedia, vemos al público con una espera paciente y elegante, que se organiza en una larga fila para ver una de las obras maestras del teatro argentino. La obra se pudo disfrutar los viernes, sábados y domingos, para descubrir una historia llena de reflexión sobre los padecimientos de un ser humano que vive al límite de la sociedad. Una sociedad que lo ha abandonado, discriminado por ser homosexual y obeso, por dejarse llevar por el placer de la comida y el sexo cuestionado.
El espectador se prepara para asistir a ver una historia interpretada por uno de los actores más representativos de nuestro país. Que lo deja todo en el escenario, que actúa con un sentido de responsabilidad, disciplina y respeto hacia el acto teatral. Cada palabra del texto, cada movimiento limitado por un cuerpo creado, cada agitado diálogo resuena con brillantez expresiva en la actuación orgánica y cuidada de Julio Chávez.
X de Silvana Lovato
El Teatro Comedia enciende las luces de su escenario, levanta el telón y el público desde el inicio espera la entrada de los actores con un silencio cómplice, anticipándose a ser testigos de una obra fuerte que los indagará en el centro de sus emociones. Estoy allí a punto de celebrar una vez más la experiencia del teatro, con una historia que expone las venas de la vida misma. Creo que todos los que nos disponemos a presenciar esta pieza teatral nos preparamos para ver una historia cargada de dolor, de recuerdos que pesan en el cuerpo y en la memoria, de resiliencia que espera salir por los poros de la piel, en presencia de actores de enorme trayectoria que nos entregaran su cuerpo y su alma al servicio de la interpretación teatral.
Un actor presente y visceral
La presencia de Julio Chávez en la escena local no es casual. El actor ha venido a Córdoba anteriormente para exhibir “Rancho” (2019), “Inés” (2021) y “Yo soy mi propia mujer” (2023), en diferentes roles de director, dramaturgo y protagonista unipersonal. En “La Ballena” no solo transforma su cuerpo en un ser obeso y lleno de dolor, sino que cada diálogo es una lanza hacia el corazón.
El artista interpreta a Charlie, un profesor de literatura que brinda clases por Internet, con una intensidad emocional pura y sin filtros. La presencia de Ana (interpretada por Laura Oliva) trae alivio al espectador, al saber que ella estará siempre para él, que se preocupa por su salud, por hacerlo sentir bien, por animarlo y por acercarle todo lo que necesita del mundo exterior. Aquí, el sentido de la amistad cobra un rol importante. Ella es lo único que Charlie tiene, alguien en quién apoyarse, hacer catarsis, quien le acerca algunos vicios inevitables, quién limpia sus suciedades y espanta a las personas que podrían hacerle daño: su ex esposa, su hija y un joven misionero que busca ayudarlo a través de la palabra de Dios. Laura Oliva desarrolla un personaje servil, justo y atento a las necesidades de su amigo. Todos somos un poco Ana. La química entre Oliva y Chávez se vuelve orgánica y adecuada a cada escena; sus roles empatizan con el público que espera esa ayuda hacia una persona que no puede salir de la casa y que tiene un mobiliario adaptado a una persona con movilidad reducida por una obesidad mórbida.
Laura Oliva y Julio Chávez en “La Ballena”
Foto prensa
¿La obesidad es la protagonista?
Desde el inicio sabemos que el protagonista es un hombre que sufre trastornos alimenticios con una obesidad mórbida que le impide respirar con facilidad y moverse por la casa. Que rechaza la ayuda profesional, y que transita sus últimos días abollado en un sofá que soporta el peso de su historia.
Es tan claro y simple el texto de esta obra que no hace falta preguntar más para descubrir a un hombre que sufre la tragedia de la vida en un cuerpo que guardó las culpas de un pasado que no pudo cambiar. Ahora se abandona completamente a las horas de penuria y al sobrepeso de sus recuerdos, no sin antes intentar sanar el vínculo con su hija adolescente. A Ellie la dejo de ver cuando tenía 8 años, ahora es una joven de 17 años, en el último año de la secundaria que se lleva todas las materias. Rebelde, llena de rencor hacia su padre, lastima con cada palabra que le dice, con una personalidad que duele en el cuerpo. Manuela Yantorno es la actriz que vehiculiza un torbellino de juventud enojada con su entorno. Dispuesta a decirle todo lo que no le dijo a su padre en todos estos años, de a poco se va ablandando al ver que la vida de su padre se apaga. Las escenas de redención de padre e hija son un mar de olas hirientes por las que surca un texto sobre Moby-Dick que escribió Ellie cuando era una niña. La lectura de este pasaje basado en la novela, resuena varias veces, como un mantra que calma a Charlie.
La pieza teatral está atravesada por la novela de Herman Melville publicada en 1851, una obra maestra de la literatura universal que retrata la obsesiva búsqueda del capitán Ahab por vengarse de la ballena blanca que le arrancó la pierna. La obsesión, la lucha contra la naturaleza y las reflexiones sobre el bien y el mal atraviesan este clásico de la historia de la literatura. Justamente, Charlie (el personaje que interpreta Julio Chávez) es profesor de literatura y toma esta novela de eje en varias escenas de la obra.
Su pasado y presente homosexual, la perdida de su pareja Alejandro en manos de la depresión, el abandono y la soledad por ser rechazado por la religión y la sociedad, y la resistencia a ser atendido en un hospital son algunos de los problemas que se plantean en la obra. Pero sobre todo resalta el valor de la amistad, la contención familiar, la compasión por una persona enferma, y la búsqueda de recuperar el vínculo perdido con una hija, condimentos que llegan a un público totalmente conectado con la historia que empatiza desde el minuto uno con la obra.
Las actuaciones impecables, solemnes y casi coreografiadas en cuanto a la entrada y salida de los roles, son para aplaudir. Es tan claro y directo lo que se plantea en esta historia que invita a seguir reflexionando sobre el amor, la amistad, la familia, el tratamiento del dolor, el perdón, la pérdida de la salud y la cercanía de la muerte.
Las luces tenues acompañan el ritmo y el clima de esta historia dramática, con una lucidez ajustada a la redención y el reencuentro familiar. La obesidad del personaje principal queda en un segundo plano y vemos los dolores que atraviesa el ser humano en su búsqueda del perdón para poder finalmente descansar en paz. Es que esta obra es “la historia de un final», como la describen sus realizadores. Es una reflexión profunda acerca de lo que perdemos a veces por perseguir el deseo de la felicidad. Es todo lo que queda en el camino y un intento por recuperar algo de los vínculos que se rompieron por perseguir lo que sentimos como el verdadero amor. La obra es un mensaje profundo sobre los misterios del amor y la culpa por lastimar a los que más amamos y no poder evitarlo.
