Si se midiera el grado de afecto acumulado por una persona en vida según el dolor que causa su muerte, si eso fuera un termómetro irrefutable de cariño, la despedida a Manuel Ruiz Luque el pasado sábado en Montilla, ciudad que retrató durante siete décadas y de la que era Hijo Predilecto, daría fe exacta de lo mucho que lo querían sus paisanos. Y los que no lo éramos también, porque este hombre modesto y bueno, que pasará a la historia como el bibliófilo que, de forma callada y constante, logró reunir una de las mejores bibliotecas privadas de España para cederla luego a su pueblo, valoraba la amistad por encima de todo. Y la practicaba con entusiasmo, compartiendo cordialmente su colección con cualquiera que llamaba a la puerta.
Más de medio siglo le llevó crear su particular universo libresco, que no dejó de engrandecer hasta el final, convertido ya en un nonagenario que acariciaba en su casa con nostalgia, como despidiéndose, los pocos tomos que no había donado y los que adquirió después, dejándose llevar por su pasión insaciable de sabueso tras el rastro de la pieza anhelada. Manuel Ruiz, Rúquel para la fotografía -profesión en la que no le fue nada mal-, construyó con perseverancia y aguda inteligencia fogueada en la escuela de la vida el fondo bibliográfico sobre documentos locales más importante de Andalucía, y lo dotó de una rica sección de manuscritos de los últimos cuatro siglos inéditos en su mayor parte, además de primeras impresiones y numerosos ejemplares únicos o muy raros.
Son joyas de incalculable valor histórico -que no debieron de resultarle baratas aunque él, todo un señor, rehuyó siempre hablar de dinero-. Casi 40.000 volúmenes en los que están representados los mejores impresores de su época, ejemplares que este sabio discreto había tenido custodiados en dos viviendas -tuvo que comprar la segunda para guardarlos- y en la planta alta de su estudio hasta ofrecérselos al Ayuntamiento para enriquecer el patrimonio cultural de Montilla. Eso fue en 2002, un año después de obtener la Medalla de Andalucía, cuando se creó la Fundación Manuel Ruiz Luque, y desde entonces la colección está abierta a cuantos investigadores deseen consultarla en la Casa de las Aguas. En ella solía pasar muchas horas, como padre pendiente del sexto de sus hijos, el de papel, este hombre de pocas palabras pero sentencioso a la manera de los clásicos que acompañaban sus días y sus noches. Y en ese paraíso que ya no era suyo sin dejar de serlo -se mantuvo como presidente de honor del patronato hasta su muerte- recibía a los amigos y, como antes había hecho en su propio domicilio, citaba a curiosos y periodistas interesados en tan peculiar personaje, que además era editor. Otra faceta del emprendedor de tímida sonrisa y mirada pícara, llevada junto a José Antonio Cerezo y otros letraheridos, cuyos frutos han sido libros primorosamente encuadernados que acababa regalando.
Cuando en la primera entrevista que le hice le pregunté cómo se hace uno con semejante tesoro, Manolo me recordó la contestación que le había dado a la escritora Montserrat Roig, fascinada por su figura, a la que respondió echando mano de un proverbio chino: «Una jornada de un millón de pasos empieza por un paso». Esa andadura la emprendió muy joven, con los tebeos y estampas que entretenían las horas de los niños de postguerra. Pero fue en la chamarilería de su padre, al que ayudaba, donde nació su afán de coleccionismo, porque hasta ella llegó hacia mitad de los años cuarenta una biblioteca que despertó su amor compulsivo por la letra impresa. Y así fue, paso a paso, hasta levantar la catedral bibliográfica que ha dejado en herencia a su pueblo.
