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Rompiendo barreras: Mujeres que abren camino en el deporte cordobés

Durante décadas, el deporte ha sido un espacio en el que las mujeres han tenido que abrirse camino paso a paso, muchas veces desde un segundo plano y con menos oportunidades que sus compañeros. Aunque en los últimos años su presencia y sus logros han crecido de forma evidente, todavía persisten desigualdades en visibilidad, recursos o reconocimiento mediático, y muchas deportistas continúan compitiendo lejos de los focos pese a alcanzar resultados de gran nivel. Desde el fútbol base hasta el baloncesto o el tiro olímpico, sus historias hablan de entrenamientos, sacrificio y constancia, pero también de ilusión y de la firme convicción de que el deporte también se construye en femenino. Son trayectorias que, más allá de los marcadores o las medallas, reflejan una lucha silenciosa por ocupar el lugar que les corresponde dentro del deporte y por abrir camino a las generaciones que vienen detrás. Y Córdoba no es ajena a esta realidad: en la provincia hay mujeres que entrenan equipos, compiten al máximo nivel o persiguen sueños deportivos que nacieron, muchas veces, en una pista de barrio o en un campo de pueblo.

María Eugenia, pasión desde el banquillo

María Eugenia Serrano, entrenadora de la sección cadete del CD Avejoe, nació en Adamuz en 1994 y su relación con el fútbol comenzó, como la de tantos niños y niñas de pueblo, en la calle y con un balón. Desde pequeña jugaba junto a su hermano pequeño, con quien compartió aquellas primeras tardes de fútbol que, con el tiempo, acabarían marcando su camino dentro de este deporte. «Siempre estábamos con el balón, jugando en cualquier sitio», recuerda. Aquellos partidos improvisados fueron el primer paso de una relación con el fútbol que todavía hoy sigue muy presente en su vida.

Su llegada a los banquillos se produjo casi por casualidad. Junto a su hermano comenzó a entrenar a un equipo benjamín en Villafranca, pero cuando él tuvo que dejarlo por motivos laborales, María Eugenia se quedó sola al frente del grupo. «Tuve que buscarme la vida y tirar para adelante con el equipo», explica. Aquella responsabilidad inesperada terminó convirtiéndose en el inicio de su trayectoria como técnica.

Un año después regresó a Adamuz y desde entonces continúa vinculada al fútbol base. «Al principio fue un poco por necesidad, pero luego me di cuenta de que me gustaba mucho entrenar», cuenta. Con el paso del tiempo, aquella experiencia que comenzó casi de manera improvisada se convirtió en una vocación que mantiene más de una década después.

Antes de entrenar también fue jugadora. Formó parte del primer equipo femenino que se creó en el municipio tras muchos años sin fútbol de mujeres: el CD Avejoe Femenino. Empezó como jugadora de campo, aunque terminó bajo palos por recomendación de su hermano, que era el entrenador. «Me dijo que probara de portera y al final me quedé ahí», explica. Sin embargo, una lesión de ligamento cruzado anterior frenó aquella etapa y, tras la recuperación, decidió centrarse definitivamente en los banquillos.

En su trabajo con jóvenes futbolistas intenta transmitir valores que considera fundamentales: compromiso, trabajo, sacrificio, respeto y compañerismo. Para ella también es importante que los jugadores entiendan que representan a su pueblo cada vez que saltan al campo. «Tenemos que defender nuestro pueblo vayamos donde vayamos», afirma. «El fútbol base no es solo competir, también es educar».

Ser mujer entrenando a un equipo masculino todavía genera situaciones complicadas en algunos campos. De hecho, María Eugenia reconoce que en ocasiones percibe miradas o actitudes diferentes, especialmente cuando protesta o se dirige a los árbitros durante los partidos. «Hay veces que notas que te miran distinto por ser mujer», admite, aunque tiene claro cómo afrontarlo: «Yo intento que se me respete igual que a cualquier entrenador».

Tras más de una década en los banquillos, ha visto algunos avances en el fútbol base de la comarca. Hoy hay más mujeres entrenando que cuando ella empezó, aunque cree que todavía queda camino por recorrer para lograr una presencia más igualitaria. Pese a todo, su pasión por el fútbol sigue intacta. «Cuando llega el fin de semana y me pongo el chándal para ir al campo, es de las cosas que más me motivan», reconoce, con un objetivo claro: seguir formando a sus jugadores dentro y fuera del campo y, si es posible, pelear por el título de Liga en Cuarta Andaluza.

Maria Eugenia Serrano, entrenadora del CD Avejoe cadete. / Córdoba

Fátima Insfrán, raíces que empujan

La historia de Fátima Insfrán, jugadora del Adesal Córdoba, con el balonmano empieza mucho antes de que ella misma lo supiera. Su nombre ya venía ligado al deporte: lo heredó de su madre, Lilian Insfrán, que también fue jugadora de balonmano en Paraguay. «Inconscientemente metió a sus hijas en el deporte», recuerda. Nacida en Paraguay, Fátima empezó a jugar con apenas ocho o nueve años, acompañando a su hermana mayor a los entrenamientos. Como tantas veces ocurre, empezó jugando con una pelota al margen de la pista hasta que terminó dentro del equipo. Desde entonces, el balonmano nunca salió de su vida.

Su crecimiento deportivo fue rápido. Con solo 13 años fue convocada por la selección paraguaya y desde entonces el balonmano ha marcado su vida. Viajes, campeonatos y concentraciones por Latinoamérica formaron parte de su crecimiento deportivo. «Desde muy joven mi vida fue competir y viajar. Siempre con la idea de representar a Paraguay y dejar el nombre del país lo más alto posible», explica. Aunque su selección no partía como favorita en los grandes torneos, la ambición nunca faltaba. «Sabíamos que no íbamos a pelear por un podio mundial, pero sí por competir y demostrar quiénes somos».

El sueño de jugar en Europa siempre estuvo presente. La oportunidad llegó en 2021, durante el Mundial disputado en Valencia. En plena pandemia, decidió apostar por quedarse en España. El Mislata Handbol Club le abrió las puertas durante unos meses, una experiencia que terminó cambiando su destino. Poco tiempo después recibió la llamada del Club Adesal Córdoba y de su entrenador, Rafa Moreno, que la convencieron para trasladarse a Córdoba.

Hoy cumple su tercera temporada en el conjunto cordobés y habla del club con algo más que afecto deportivo. «Me enamoré de la esencia de Adesal. Es una mezcla de amor por Córdoba y de responsabilidad por representar a un barrio como La Fuensanta», explica. Para ella, formar parte del equipo va más allá de entrenar o competir. «No soy una deportista que solo quiere ganar partidos; también me gusta ayudar al equipo y aportar lo que he aprendido en todos estos años».

Sin embargo, también ha vivido de cerca las dificultades del deporte femenino. Fátima reconoce que uno de los mayores retos ha sido la falta de visibilidad y apoyo. «Te esfuerzas igual que en el deporte masculino, entrenas igual, pero muchas veces no llega a la gente como debería», afirma. Aun así, cree que la situación está cambiando poco a poco, aunque todavía queda camino por recorrer.

En Córdoba ha encontrado algo más que un equipo. El ambiente del barrio y el cariño de los aficionados la han hecho sentirse parte de la ciudad. «Hay gente del barrio que viene siempre a vernos, vecinos que se han enamorado del balonmano y del equipo. Eso es algo muy bonito», cuenta. Con el tiempo, ese vínculo se ha hecho más fuerte. «No sé qué tiene Córdoba, pero terminé sintiendo también la responsabilidad de defender al equipo y a la ciudad».

Sus grandes referentes siguen estando muy cerca de casa. El primero, su madre, Lilian Insfrán, quien le inculcó la confianza y el amor por el deporte. «Ella siempre me enseñó a creer en lo que podía hacer», explica. También destaca la influencia de su entrenadora de toda la vida, Marisa Faría, a quien define como una figura clave en su formación deportiva y personal.

Mirando al futuro, Fátima tiene claro su objetivo inmediato: pelear con Adesal por el ascenso a la máxima categoría del balonmano español. Pero con el paso de los años también ha aprendido a valorar otras cosas. «Antes pensaba solo en jugar bien o en ser la mejor. Ahora busco equilibrio y tranquilidad en mi vida», confiesa. Eso sí, mantiene intacta la ambición colectiva: «Mi objetivo es llevar a Adesal y a Córdoba lo más alto posible». Porque, como ella misma resume, el balonmano ya no es solo un deporte en su vida: «es una enseñanza que te forma para todo».

Fátima Insfrán, jugadora del Balonmano Adesal. / Córdoba

Irene del Rey, un sueño olímpico

Con solo 17 años, la cordobesa Irene del Rey se ha convertido en una de las grandes promesas españolas del tiro al plato en la modalidad de foso olímpico. Su relación con este deporte comenzó muy pronto, cuando tenía alrededor de diez años y acompañaba a su hermano mayor, que ya lo practicaba. Aquellas primeras visitas despertaron su curiosidad y, poco a poco, también su pasión. A los 14 años obtuvo el permiso de armas y empezó a competir en campeonatos andaluces y nacionales, hasta dar el salto internacional en 2024.

Pese a su juventud, Irene ya ha firmado resultados destacados. Uno de los momentos más especiales de su carrera llegó con la medalla de oro en el Campeonato de Europa sub-18, donde además logró establecer un récord europeo. Fue su primera gran medalla internacional individual y un recuerdo que guarda con especial cariño tras una competición exigente tanto física como mentalmente.

El tiro olímpico es un deporte en el que la cabeza juega un papel determinante. La propia Irene lo resume con claridad: «el tiro es un 90% concentración y un 10% técnica». Durante las competiciones evita incluso usar el móvil o hablar con su familia para mantener la concentración. Precisamente al terminar aquel Europeo protagonizó uno de los momentos más emotivos, cuando por fin pudo hacer una videollamada con los suyos. «Ellos lloraban y yo también», recuerda.

Su familia ha sido uno de los pilares fundamentales de su trayectoria. Desde el primer momento han estado a su lado, acompañando cada entrenamiento y cada competición. Ese apoyo ha sido clave para seguir persiguiendo sus objetivos en un deporte que exige disciplina, paciencia y muchas horas de preparación.

Entre sus referentes se encuentra la tiradora cordobesa Fátima Gálvez, campeona olímpica y una figura a la que Irene admira profundamente. Seguir el camino de una deportista de su misma tierra es para ella un «orgullo y también una motivación extra para seguir creciendo dentro de este deporte».

La joven tiradora también es consciente de que el tiro deportivo sigue teniendo poca visibilidad mediática y, además, una presencia femenina menor que en otras disciplinas. Por eso cree que los éxitos internacionales del equipo español pueden ayudar a dar mayor reconocimiento a la sección y a animar a más chicas a practicarlo.

Compaginar entrenamientos, estudios y vida personal no siempre es sencillo -solo desplazarse al lugar de entrenamiento le supone alrededor de una hora de viaje-, pero Irene lo asume como parte de su rutina. Su meta está clara: seguir aprendiendo y acumulando experiencia con un sueño muy definido desde que empezó, el algún día ganar unos Juegos Olímpicos…

La tiradora Irene del Rey recibiendo la medalla de oro en el Campeonato de Europa sub-18. / Córdoba

Paloma Bioque, disciplina para crecer

Para Paloma Bioque, el baloncesto no es solo un deporte: es una parte esencial de su vida desde que tiene memoria. «Desde siempre el baloncesto ha formado parte de mi vida», explica. En casa, el balón naranja era casi un elemento más del día a día. Su padre y, sobre todo, su hermano Antonio pasaban horas entrenando, y ella creció observando ese esfuerzo. «Quien me inspiró a empezar fue mi hermano Antonio. Yo quería ser como él, lo admiraba y lo admiro», recuerda.

La familia ha sido el motor que ha impulsado su camino en el deporte. «Mi familia lo es todo para mí», afirma con claridad. Ver el sacrificio de su hermano y el apoyo constante de sus padres le enseñó desde pequeña que el talento por sí solo no es suficiente. «Mis padres siempre me han apoyado y me han enseñado que con disciplina y trabajo todo es posible», señala.

Ese convencimiento la llevó a tomar una decisión importante: salir de casa muy joven para seguir creciendo como jugadora en Estados Unidos. Un cambio que reconoce que no fue fácil. «Es un cambio muy grande, pero al final es la vida que quiero», explica. Vivir lejos de su familia le ha obligado a madurar antes de tiempo. «Salir de casa tan joven te hace ser más responsable y más disciplinada, tanto en el deporte como en los estudios». Aun así, asume ese sacrificio como parte del camino: «Todo tiene un precio y, en mi caso, es estar lejos de mi familia».

En su día a día, la organización es clave para poder compaginar la exigencia deportiva con la universidad. Sus jornadas están cuidadosamente planificadas entre entrenamientos, clases y estudio. «Es cuestión de saber aprovechar bien el tiempo», cuenta. «Intento mantener una rutina que me permita rendir bien en la universidad y también dar lo mejor de mí en la pista».

Paloma también observa con optimismo la evolución del deporte femenino en los últimos años. Cree que cada vez existen más oportunidades para las jóvenes deportistas, aunque todavía queda camino por recorrer. «Se está avanzando mucho y cada vez hay más reconocimiento», explica. «Lo importante es seguir trabajando y demostrando el nivel que hay en el baloncesto femenino». En su caso, nunca ha sentido que el hecho de ser mujer haya sido un obstáculo directo. «Siempre me he centrado en el trabajo que puedo hacer yo, sin mirar posibles impedimentos».

Mirando al futuro, su sueño es claro: poder dedicarse profesionalmente al baloncesto y seguir creciendo gracias a este deporte. «Me gustaría disfrutar del baloncesto toda la vida y llegar a ser jugadora profesional», asegura. Pero, más allá de los logros deportivos, tiene claro el mensaje que quiere transmitir a las más jóvenes. «Que nunca dejen de creer en ellas mismas», afirma. «Con disciplina, esfuerzo y el apoyo de tu familia se pueden conseguir muchas cosas».

Paloma Bioque, jugadora de baloncesto en Estados Unidos. / Córdoba

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