El lunes pasado, mientras seguía la comparecencia de Feijóo en la comisión de investigación de la dana de Valencia, me sorprendió el modo en que los muertos de esa catástrofe se barajaban con los de ETA y con los del accidente ferroviario de Adamuz. Traté entonces de imaginarme a todos esos difuntos asistiendo al debate desde el cuarto de estar del más allá. ¿Sentirían la misma perplejidad que yo? ¿La misma confusión? ¿Hablarían entre sí? ¿Qué se dirían?
Cada uno llevaba consigo una huella del modo en que había fallecido. Los de la riada estaban aún irremediablemente húmedos; los del tren parecían no haber terminado de frenar; los de ETA mantenían una quietud tensa, como a la espera del disparo en la nuca. La tele del más allá reproducía las imágenes del Congreso igual que los espejos deformantes del Callejón del Gato (véase ‘Luces de bohemia’, de Valle Inclán). Las voces llegaban algo distorsionadas, pero las palabras clave (“víctimas”, “responsabilidades”, “vergüenza”) atravesaban el aire con una nitidez cruel. Cada vez que alguien usaba a sus muertos (todos los muertos tenían propietario) para golpear al enemigo, en el cuarto de estar del más allá se producía un temblor.
-Nos han convertido en frases -dijo alguien.
-En armas arrojadizas -corrigió otro.
-En mero ruido -añadió una tercera voz, cansada.
Les sorprendía la violencia reinante, así como la privatización de los extintos y de las extintas (puto genérico incapaz). Les resultaba obsceno ese batido de cadáveres, ese licuado moral con el que cada uno intentaba imponerse al otro.
A ratos, sentían una piedad sin límites por los que discutían, atrapados en un presente estrecho, obligados a obtener un beneficio industrial, cuantificable en votos, de las diferentes desgracias. Se preguntaban si ellos habían sido así también de vivos. Yo, mientras tanto, seguía la escena desde mi sofá real, y mi desconcierto coincidía exactamente con el desconcierto de los del más allá. La misma incomodidad, la misma tristeza sin consuelo. Y en esa coincidencia empezó a abrirse una grieta inquietante: si miro el mundo como lo miran los difuntos, ¿qué me separa de ellos? Quizá sólo esta migraña asesina.
