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Fernando Aramburu: «Los nacionalistas han entendido que el Estado nación ya no es posible en un mundo globalizado»

Es incapaz de olvidarlo. El día que ETA asesinó a Miguel Ángel Blanco, Fernando Aramburu (San Sebastián 1959) aguardaba frente la radio. Corría 1997 y, aunque los primeros ordenadores ya empezaban a andar, muy primitivos aún, la conexión a internet no era buena. Entonces, se pegó a las ondas. Y, durante las 48 horas que duró el secuestro, desde Alemania, siguió minuiciosamente cada noticia. «Este crimen adquirió un valor simbólico en mi generación», asegura. Han pasado 29 años y, pese al tiempo, ojo, su recuerdo continúa latente. El miedo se extendió a tanta velocidad que afectó a las rutinas de sus vecinos. Nada volvió a ser igual. Aquella vida con condiciones es el telón de fondo de Maite (Tusquets), su última novela. Es la quinta entrega de Gentes vascas, el proyecto que arrancó en 2006 para narrar desde la ficción la historia reciente del País Vasco. «Hablo de personas corrientes que se mojan cuando llueve», subraya el autor, que recibió el Premio Nacional de Narrativa en 2017. Quizá, por ello, en su afán por darles voz, llegue a tantas.

P. ¿Con qué intención ha publicado esta novela?

R. Jamás supeditaría mi trabajo a una intención. Mi objetivo es ofrecer literatura de calidad. Otra cosa es que lo consiga. Lo que nunca haré es terminar un libro con una moraleja para guiar a los lectores hacia una interpretación concreta.

P. Un día después de desclasificarse los papeles del 23-F, Javier Cercas hizo la siguiente reflexión: “La literatura de verdad tiene que ser equidistante. Lo peor que puedes hacer como escritor es decir a la gente quiénes son los buenos y los malos”. ¿La comparte?

R. Absolutamente. Ahora bien, uno no puede prescindir de sus convicciones cuando escribe. Dicho esto, el término equidistante lo matizaría. Supongo que se refiere en lo político y, ahí, claro, estoy de acuerdo. No obstante, en mi caso, siempre necesito tener una vinculación con lo que hago.

P. ¿Hay algo suyo en la relación entre Maite y Elene?

R. Mucho. Aparecen las calles en las que me crié. Y, de hecho, uno de los personajes lleva 13 años viviendo en otro país como yo. Hay un poco de mí y, por qué no, del público.

Aramburu recibió el Premio Nacional de Narrativa por ‘Patria’ en 2017. / ALBA VIGARAY

P. Es una novela de mujeres. ¿Qué papel han jugado en su vida?

R. He tenido la fortuna de vivir cerca de ellas desde el principio de mi vida. Tengo una hermana y dos hijas, la relación con mi madre ha sido estrecha, llevo 43 años casado con la misma persona… Un universo más afín a mí que el varonil. Su sensibilidad me ha inspirado.

P. ¿Dónde estaba cuando asesinaron a Miguel Blanco?

R. Nunca lo olvidaré. Fue un hito cronológico que hoy me ayuda a situar episodios triviales de mi vida, como el atentado de las Torres Gemelas o la muerte de Franco. Aquel día estaba en Alemania, donde resido. Tenía un ordenador, pero la conexión era muy mala. Así que me enteré por la radio. Fue una ejecución ralentizada y sumamente cruel.

P. ¿Pensaba que ETA realmente lo mataría?

R. Sí. Tras la liberación de Ortega Lara, la banda necesitaba actuar de forma violenta para aparentar fuerza. Además, impuso un ultimátum imposible de cumplir. No era factible reunir a cientos de presos en tres días. Este chico, asimismo, no tenía bienes, no era un empresario al que sacar dinero. Su militancia en el PP fue una condena a muerte.

P. ¿La política ha distorsionado de algún modo lo que sucedió entonces?

R. Los políticos de España tienen una gran influencia en las vidas privadas. Pasamos días escuchando sus discusiones como si no hubiera otras opciones de comprender la realidad. Van a lo suyo. Y, obviamente, se las ingeniarán para llegar al poder por cualquier vía. Lo grave sería que, si un ciudadano quisiera informarse al respecto, no tuviera los medios para ello.

P. Isabel Díaz Ayuso resucita a ETA con frecuencia desde Madrid. ¿Qué le parece?

R. Es evidente que le procura algún tipo de beneficio. De lo contrario, no lo haría. Si se dedica a imputar al adversario cualquier connivencia con lo criminal, tal vez logre que algunos de sus votantes se alejen de él. Es una maniobra fácil. No es mi caso, en absoluto. Me sigo ocupando de las víctimas en mi tierra natal. Las conozco. Y me da pena que se las abandone.

P. ¿Su mirada sobre aquella época ha cambiado con el tiempo?

R. No se trata de una mirada, sino de una herida. Y, por tanto, celebro que ya no haya violencia. Por suerte, los niños de hoy en el País Vasco lo tienen mejor para desarrollarse. Lo que no quiero es imponer mi percepción a nadie.

P. Dice que hay jóvenes que no conocen a Blanco. ¿Qué puede ofrecer la literatura cuando la memoria pública se diluye?

R. Ya hace lo suficiente existiendo. Si un adolescente tiene interés por saber lo que pasó, puede informarse. Y ya me parece bastante. No les podemos obligar a conocer los fenómenos históricos que otros vivimos. Es poco natural. He trabajado durante 24 cursos con chavales y sé lo pesado que podemos ser los adultos con un pasado que ellos no vivieron.

‘Maite’ es la décimocuarta novela de Fernando Aramburu. / ALBA VIGARAY

P. ¿Qué le da más miedo: que se borre el dolor o la responsabilidad?

R. El dolor no desaparece si uno lo ha sufrido. Es muy cómodo hablar de él cuando no te toca. El olvido siempre acaba triunfando. Hoy hablamos de hechos recientes que cada vez son más lejanos. ¿Qué sabemos nosotros de nuestros antepasados del siglo XVII? ¿Acaso no tienen derecho a que les recordemos?

P. ¿Es de los que reescribe los párrafos hasta la saciedad?

R. Soy rumiante, pero nada inseguro. De alguna forma, sé cuándo el plato que estoy cocinando tiene la cantidad de sal adecuada. Últimamente, estoy avaro con las palabras. No suelto un adjetivo salvo que sea estrictamente preciso. No tengo ninguna necesidad de mostrar a los lectores lo bien que escribo. Sólo aspiro a tener una voz auténtica.

P. Cuando la historia que tiene entre manos resulta tan puntiaguda, ¿qué límites se impone?

R. El humor. Al abordar el dolor ajeno, lo último que quiero es hacer un chiste que pueda molestar a las víctimas. No lo considero autocensura, sino respeto.

P. ¿Cuánto tiempo se tarda en hacer una novela como ésta?

R. Depende de las circunstancias de cada autor. A mí, lo único que me limita la escritura son las obligaciones familiares. Y, oye, las atiendo gustosamente. Si no las hay, dispongo de todo el día para enfocarme en ella. Una dedicación en la que también entra la lectura.

P. Leerá muchísimo.

R. Entre 80 y 105 libros al año. Lo sé porque los coloco en una balda como si fueran trofeos de caza. A cambio, no voy al cine y rara vez veo la televisión. Suelo jugar con mi nieta y pasear con mi perra. Ceno temprano. Y, nada más acabar, me voy a mi rincón de leer. Así soy feliz. No me pasan cosas extraordinarias. Ni falta que hace. Cada vez me molesta más que me saquen de mi tranquilidad.

P. La España de 1997 no es la de 2006. ¿Qué le preocupa?

R. Me resulta complicado observarla fuera del contexto internacional. Ya no vivimos en lo que se llamaban Estados nación. Las fronteras ya no tienen sentido salvo en el fútbol. Tenemos la misma moneda y problemas compartidos. Y, luego, por supuesto, España tiene sus particularidades: su mala cohesión nacional no ha llegado a romper el país.

P. Los últimos sondeos del Instituto de Ciencias Políticas y Sociales aseguran que el sentimiento independentista no para de caer.

R. Es una visión desde Madrid. Si vas a cada lugar, te encuentras una hegemonía política y cultural del nacionalismo. ¿Qué sucede? Los independentistas han entendido que el Estado nación ya no es posible en un mundo globalizado, pero pueden disponer de diferentes competencias. El nivel de autogobierno en el País Vasco es tan grande que, quizá, esta situación es mejor que aislarse.

‘Maite’

Fernando Aramburu

Tusquets

344 páginas | 22,90 euros

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