Tras el eufórico pronóstico de Javier Milei ante el Congreso sobre la posibilidad de que este año haya exportaciones por u$s100.000 millones, no deja de resultar llamativo el dato de la balanza comercial de febrero, que dejó el menor saldo de los últimos nueve meses, con apenas u$s788 millones.
El superávit es poco más de un tercio de lo que se había registrado en enero, cuando los u$s2.189 millones habían inflamado el entusiasmo sobre un boom exportador, gracias al aporte récord del yacimiento de Vaca Muerta. Además, la tensión global por el conflicto en Medio Oriente exacerbó esas expectativas positivas, dada la disparada en el precio del barril de petróleo y, también, de las materias primas agrícolas.
Sin embargo, los números de febrero mostraron un panorama flojo en el rubro exportador, con una caída de 2,9% respecto del año pasado. Y, en realidad, el resultado habría sido peor si no fuera porque hubo una suba en los precios de los productos que exporta Argentina. Si se lo mide en volumen, la caída exportadora fue del 4,4%.
A primera vista, puede parecer raro el magro desempeño exportador, sobre todo si se tiene en cuenta la incidencia de la excelente cosecha de trigo y la alta demanda internacional. De hecho, el trigo explica el 10% del total exportado en el mes.
En cambio, el rubro que bajó el promedio fue el de combustibles y energía, con una caída interanual de 27%. La venta de petróleo por u$s631 millones luce pequeña si se la compara con el final del año pasado, cuando se superaron los u$s1.000 millones mensuales.
Sin embargo, todo hace suponer que se trata de una caída momentánea y no de un cambio de tendencia. En febrero, la cotización del barril rondó los u$s70, mientras que después del ataque estadounidense a Irán y el cierre del estrecho de Ormuz, el precio saltó al entorno de u$s100 millones.
Optimismo exportador
En principio, los economistas que participan en la encuesta REM siguen previendo que este año haya un ingreso por exportaciones mayor al de 2025 y que se superen los u$s92.000 millones en ventas. Eso implicaría que en el resto de este año debería haber un promedio exportador mensual de u$s8.000 millones.
Es una presunción optimista, si se considera que el año pasado sólo dos meses alcanzaron ese nivel, y en ambos casos fue como consecuencia de un «estímulo» fiscal, sobre todo por la rebaja o eliminación temporaria de las retenciones al sector agrícola, una situación que difícilmente se repita este año.
De todas maneras, hay motivos para pensar que este año sí podría promediarse la exportación en un nivel de u$s8.000 millones. Uno de los motivos es la buena campaña del campo, que si bien no repitió los volúmenes del año pasado, igualmente logró buenos rendimientos, con una previsión de 49 millones de toneladas para la soja, y un total de 140 millones sumando el maíz, el trigo y los cultivos de menor volumen.
Dada la sorpresiva suba que tuvieron los precios en las últimas semanas, se han revisado las proyecciones al alza, y hay analistas que hablan sobre un aporte de u$s40.000 millones del campo a la exportación de este año.
Un shock en las previsiones
Pero, sobre todo, las fichas están puestas en la nueva estrella de la economía argentina, el yacimiento de Vaca Muerta, que sigue batiendo récords de producción. Y no paran los anuncios de inversión, como el de YPF, que desembolsará u$s6.000 millones con el objetivo de incrementar su capacidad de producción de petróleo «shale», un terreno en el que aspira a ser un jugador de relevancia mundial. El objetivo es llegar a una producción de 215.000 barriles diarios, lo que supone más del doble del nivel de producción de al inicio de la gestión Milei.
A inicios de año, cuando la expectativa global era la de una baja en el precio del petróleo y se especulaba con el «efecto Venezuela», el gobierno argentino esperaba que el saldo de la balanza energética fuera este año de u$s10.000 millones, lo que implica un salto de más de 20% en un año.
Pero, tras el inicio del conflicto en Medio Oriente, las cuentas se están revisando casi a diario. Los analistas calculan que por cada 10 dólares que se incrementa el precio global del petróleo, Argentina aumentará su ingreso de divisas en u$s1.700 millones.
Si el conflicto en Irán se extendiera y esa premisa sobre el precio del petróleo se cumpliera, entonces habría que agregar u$s5.000 millones a la ya de por sí optimista previsión que se había hecho para este sector. En todo caso, las cifras de la balanza comercial de marzo -que se publicarán dentro de un mes- darán una pauta respecto de si los análisis eran correctos o si pecaron de entusiasmo desmedido.
Compras acordes a una economía fría
Del otro lado de la balanza comercial, las importaciones volvieron a registrar un nivel bajo, con apenas u$s5.174 millones, lo que implica un 18% menos que el año pasado.
Y, como siempre, se plantea la discusión respecto de si esa es una buena o mala noticia. Desde el punto de vista de la cuenta corriente -y, por lo tanto, de la estabilidad cambiaria y la capacidad del Tesoro para saldar vencimientos de deuda externa- es un dato positivo. Un nivel bajo de importaciones garantiza que el Banco Central podría seguir comprando divisas en el mercado y reforzando su posición de reservas.
Pero, desde el punto de vista de la economía real, un bajo nivel de importaciones es un dato que contradice la proyección oficial de un crecimiento de 4,5% en el PBI.
Lo que se ve en la foto comercial de hoy es todo lo contrario a lo que ocurría a mediados del año pasado, cuando hubo meses con importaciones por encima de u$s7.000 millones, una cifra que, según los analistas, la economía argentina no puede financiar.
Lo que ocurre, según coinciden las consultoras, es que tanto aquellos registros altos del año pasado como los bajos que se ven ahora son el producto de una distorsión. Como antes de las elecciones legislativas se había generado una expectativa de devaluación, ocurrió lo habitual: los importadores adelantaron compras para acumular stock, mientras los exportadores retuvieron mercadería.
Y, una vez pasada la elección y disipada la volatilidad cambiaria, se dio el fenómeno opuesto: los importadores, con un alto nivel de stock, pasaron a comprar menos de lo habitual, mientras los exportadores produjeron una ola de ventas sobre fin de año.
De manera que, para los analistas, habría que esperar una suba de las importaciones hasta un promedio mensual de u$s6.858 millones. Es una cifra que luce lejana, dado en entorno de enfriamiento productivo que sufren sectores como la industria.
De hecho, cuando se analiza la composición de las importaciones, aparecen datos alarmantes. Por ejemplo, que la compra de bienes de capital cae a un ritmo de 17% interanual, lo cual es compatible con un escenario recesivo. Y, además, resulta coherente con el dato sobre uso de la capacidad instalada en la industria, que se mantiene en mínimos históricos, con un 53%.
Importación para consumo, con buena salud
En cambio, las importaciones de productos finales para consumo y de automóviles sigue gozando de buena salud y representa un 23% del total de las importaciones, cuando hace un año esa participación era la mitad.
La vehemente argumentación del presidente Milei en defensa de la apertura comercial -en la que trató de «ladrones» a líderes de la industria local que pidieron protección contra la competencia china- hacen suponer que esa ponderación de los productos de consumo en el total de importaciones del país no sólo no disminuirá, sino que podría crecer a lo largo del año.
Para el gobierno, además de la ratificación de su discurso liberal sobre la defensa de los consumidores por encima de los industriales, la apertura importadora supone otro objetivo más terrenal: los productos importados, como textiles y electrodomésticos, han sido los que registraron menor inflación. De esa manera, compensan las subas previstas en los servicios públicos, como consecuencia de la «recomposición de precios relativos».
