Entre los pasajeros del vuelo 3112 de la compañía JetSmart que el viernes pasado protagonizó un insólito periplo y tardó más de 15 horas en completar su recorrido, viajaba una carlospacense que dio su versión sobre lo sucedido en diálogo con El Diario de Carlos Paz.
El viernes pasado, el cielo decidió cerrarse sobre Córdoba, y con él, se clausuró también la tranquilidad de decenas de personas que terminaron uniendo puntos cardinales inconexos en un periplo de quince horas. Pasadas las 9 de la mañana, la aeronave de JetSmart dejó la pista porteña de Aeroparque, mientras en la terminal quedaban los ecos de cancelaciones de otras aerolíneas. Al aproximarse a suelo cordobés, la atmósfera se tornó hostil. El avión, atrapado en una danza de turbulencias y ráfagas, intentó un aterrizaje que la tormenta impidió con violencia.
«Fue un susto mayúsculo; la tripulación y nosotros los pasajeros nos vimos envueltos en un terrible nerviosismo. Tras una hora de orbitar el fracaso, el comandante puso proa hacia San Miguel de Tucumán. Allí, en la capital tucumana, la carga de combustible fue acompañada por la precariedad de la información: mensajes de texto ambiguos y promesas de vouchers que solo alimentaron la inquietud»; relató la vecina oriunda de Villa Carlos Paz.
La esperanza renació brevemente cuando, tras tres horas en suelo tucumano, se anunció un nuevo intento hacia Córdoba. Pero el destino se mostró esquivo por segunda vez. Tras varios giros sobre el paisaje cordobés, el combustible y las condiciones operativas forzaron un giro drástico hacia el sur. El avión fue derivado a Neuquén, destino final de la aeronave para su siguiente servicio, dejando a los pasajeros de Córdoba como rehenes de una logística ajena.
En medio de este caos aéreo, la fragilidad humana se hizo presente: una pasajera sufrió una descompensación y debió ser asistida de urgencia por una médica que, por azar y fortuna, viajaba en la misma fila.
A las 3 de la madrugada, Neuquén recibió a los viajeros con un aeropuerto desierto y temperaturas que calaban los huesos. Sin personal propio de la aerolínea —solo operarios tercerizados que ignoraban el arribo— y con los locales comerciales cerrados, el grupo quedó sumergido en un limbo. «Nos dejaron sin agua, sin alimento y, lo que es peor, sin respuestas»; sentenció la pasajera.
La propuesta inicial de la empresa fue devolverlos a Buenos Aires, una solución que sonaba a capitulación para quienes tenían su vida y sus afectos esperando en Córdoba. Tras una vigilia de fatiga y reclamos, a las 5 de la mañana la apertura de un bar permitió el primer alivio gástrico, pagado en su mayoría por los propios bolsillos ante la demora de los cupones oficiales.
El epílogo de esta odisea se escribió recién a las 9:10 del sábado, cuando un nuevo vuelo despegó finalmente hacia el destino original. El aterrizaje en Córdoba puso fin al movimiento, pero no al cansancio.
«Llegué a mi casa después de 36 horas sin dormir. Un vuelo de una hora se robó quince horas de mi vida»; concluyó la mujer. Ahora, mientras el malestar decanta, queda el camino de los reclamos legales y la defensa del consumidor, en un intento por reparar lo que el cielo y la desidia se llevaron.
