Torremolinos acaba de regular confusamente el tender la ropa en el balcón. Confusamente, y lo escribo sin acritud, porque está prohibido cuando no hay otro espacio alternativo y porque según el Ayuntamiento sería casi imposible que multaran por esto, que no tiene ni sanción prevista. Al Ayuntamiento le han pedido cuentas y ha respondido que no quiere meterse en la vida privada de los vecinos-faltaría- y que es una cuestión de imagen, para conseguir una «renovación estética y armonizada, un modelo de ciudad más cuidado, coherente y atractivo». Este reglamento sonajero (así Marsé), el equivalente de pagar el oro con cristales de colores, no es como habla la verdad. Yo creo que sí es meterse en la vida de la gente, y creo que hay un gran complejo de inferioridad en estas cosas. Creo que cuando la norma habla de «calles principales» y zonas especialmente protegidas está diciendo, a su manera, «zonas en las que vienen turistas extranjeros con dinero». Está diciendo que la armonización es que un pueblo mediterráneo tenga la estética de Estocolmo, para que el turista viva lo más parecido a estar en su casa, pero con el sol y la comida de Málaga. A ver si una familia, echando su semana, va a contaminar la delicada sensibilidad del visitante colgando las toallas en su reja. Creo que es, con otro envoltorio, lo de siempre: otra puñalada a la costa. Y creo que hay un punto cateto, y esto lo ve uno con tristeza, en abjurar de las estéticas propias y abrazar las ajenas por esnobismo. Armonizada tiene que estar una oficina del padrón. Una ciudad mediterránea se armoniza, o sea, se afina para sonar bien junto a otra cosa, con la libertad.
*Abogado
